Por: Misael Habana de los Santos

Hoy lo que me jaló la vista —y el oído— fue el anuncio de la celebración del próximo 12 de octubre, fecha cargada de símbolos, nombres y pleitos semánticos: que si “Día de la Raza”, que si “Encuentro de dos mundos”, que si “Invasión y colonización”. A fin de cuentas, cada generación bautiza la herida con la palabra que le acomoda. Ese día, en el Zócalo capitalino, se montará el evento llamado Mujeres del maíz.

El programa trae un banquete cultural: una muestra de danzas, entre ellas la omnipresente Danza de la Malinche, que tiene decenas de versiones repartidas por todo México. Yo recuerdo la de Santa María Huazolotitlán,Oaxaca, una pieza mixteca que encarna esa mezcla de sometimiento y resistencia. Ahí, entre tambores y penachos, la Malinche aparece como espejo de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo. Por cierto, en esa representación usan en sus trajes pequeños espejos ¿Cuál es el significado?

El debate de Malitzi

Pero lo jugoso viene en la mesa redonda que lleva un título que retumba como mentada: ¿Qué traidora ni qué la chingada? ¿Quién es Malitzi?. Una respuesta feminista, directa y sin maquillaje, a la vieja teoría bautizada como “filosofía de lo mexicano” que armaron Samuel Ramos, Leopoldo Zea y otros intelectuales de mediados del siglo pasado.

De esa corriente bebió Octavio Paz, quien destiló El laberinto de la soledad. Ese libro —joya de estilo, sí, aunque hoy bastante cuestionado— nos vendió la idea de que la mexicanidad brotaba de la herida de una mujer: la Malinche, “la chingada”. Según Paz, México entero era hijo de la violación y del sometimiento. De ahí la obsesión con el verbo “chingar”, que usamos para todo: desde la colonización hasta la cotidianidad.

El debate que se anuncia busca desmontar ese mito. Las ponentes dirán —con ejemplos y teoría— que la Malinche no fue traidora, sino intelectual y mediadora, bilingüe y astuta, puente entre mundos irreconciliables. Más allá del título escandaloso, la discusión promete sacudir conciencias. Y la palabra, ya saben, es parte del aire popular: nuestras madres también nos mandaron “pa’ la chingada” alguna vez, y sobrevivimos.

Chilpancingo, tierra sitiada

Mientras en la Ciudad de México se abrirá ese espacio para revisar nuestra historia, en Chilpancingo se multiplica el presente oscuro de la violencia. Balaceras, bloqueos, enfrentamientos de grupos criminales: la misma postal que en Acapulco y otros puntos del estado. Y la pregunta se repite, cansada pero vigente: ¿dónde está el Estado?

La ciudadanía espera que alguien ponga orden, que haya responsables detenidos y castigo. Pero el vacío es ensordecedor: ¿dónde están nuestros diputados, senadores, representantes populares? ¿Dónde están para presionar a las autoridades locales y federales?

No basta con culpar al gobierno. También hay que reconocer nuestra parte como sociedad: hemos tolerado, convivido y hasta normalizado estas expresiones de descomposición. Periodistas, empresarios, ciudadanos, desayunando con ellos, compartiendo mesa con la violencia.

Lo que queremos

La esperanza es que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana federal, con todo su aparato, logre resultados. Pero la exigencia va más allá de números y partes militares. La gente lo que quiere es simple: vivir en paz. Más allá de teorías filosóficas, de debates sobre la Malinche y de cifras oficiales, lo que necesitamos es volver a caminar tranquilos por nuestras calles.

El 12 de octubre se discutirá si la Malinche fue traidora o puente. En Guerrero seguimos preguntando lo mismo de siempre: ¿dónde está el puente hacia la paz?

Décima tropikal de cierre

Ni traidora ni vendida,
Malinche fue traductora,
voz de pueblo y mediadora
en la encrucijada herida.
Hoy su memoria se aviva,
y en Guerrero la verdad,
más allá de la maldad
de esta violencia cansada:
queremos paz conquistada,
no otra guerra en la ciudad.

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