Por: Misael Habana de los Santos

En este sábado nueve de noviembre, en una noche de primavera fresca que anuncia un verano no muy lejano, los porteños de todas las edades se arremolinan en distintos puntos de los barrios más significativos, donde se encuentran los 250 museos de la ciudad Buenos Aires.

Por esta noche, como cada año, al igual que el transporte público, estos museos ofrecen la oportunidad a los hijos de Martín Fierro de reconstruir la memoria de una nostalgia, sin pagar, de manera gratuita, en un lugar donde tiende a privatizarse. Cosas de la política.

No es inútil decir que esta acción cultural nocturna vuelve loca a la ciudad y a los turistas, quienes aprovechan la ocasión para empaparse de actividades diversas en iglesias, museos, oficinas gubernamentales, plazas públicas. Hacen de calles y callejones empedrados un fraternal ir y venir de gente que no pierde la esperanza.

Y si bien Buenos Aires es una cosa de todos los días, como cualquier concentración urbana en el mundo, su belleza arquitectónica, europea, aristocrática, describe a pies juntillas el dolor de un pasado de todo un pueblo que a veces pretende marcar distancia con Latinoamérica… “pero en la noche que la borra, la ciudad se convierte en nosotros”, escribió Jorge Luis Borges.

Las calles de algunos 48 barrios de esta ciudad de la furia,como Almagro, Belgrano, Recoleta o San Telmo,son esta noche no muy diferentes a las de todos los días, impregnadas del olor a café, al sabor de la carne que se retuerce en las brasas, al lamento del bandoneón que dibuja con los pies cuerpos que se encuentran y que, al final de la noche, son los porteños “estas calles, estos patios, este crepúsculo”.

“Los argentinos” de acá son amables, afectuosos. Poco que ver con la arrogancia bien ganada en el exterior. No diré que humildes, no, jamás, aunque también hay mucha pobreza y grandezas auténticas.

Me refiero también a que es común oír aquí que a alguien le llamen “Borges” o “diosito”, como los personajes lúmpenes de la serie de televisión El Marginal, o escuchar sobre un gol hecho por la “mano de Dios”. Ser tricampeones del mundo en fútbol, tener un papa en el Vaticano, el mejor rock cantado en español, poseer a Jorge Luis Borges o llevar al poder a Milei… ¿y bueno? También, en los huesos, llevar las consecuencias de los versos de Juan Gelman, que recuerdan los momentos más atroces de la historia argentina: el dolor de las dictaduras, la tortura, la guerra sucia, los desaparecidos, tanta sangre derramada que “duele como la memoria de un patio sin luz”.

Pero no vine a Argentina a buscar sombras; vine a buscar la luz de lo que son y de lo que los ha hecho lo que realmente son: un pueblo que disfruta la vida comiendo, bebiendo, bailando, y que pone amor en todo lo que hace.

Para iniciar el recorrido nocturno en esta jornada gratuita de museos, fui al Café Tortoni, que se encuentra sobre la Avenida de Mayo, punto de reunión histórico de la intelectualidad gaucha, centro de discusión futbolística, filosófica y política, fundado hace más de 150 años, cuando Buenos Aires era una aldea a las orillas del Río de la Plata, un gran mar de agua dulce.

Una larga cola de gente espera permanentemente para ingresar. La cultura también aquí es un buen negocio. Pedí un capuchino y un churro en el amplio salón, donde también se puede escuchar y ver bailar tango. El café es especial y su costo, igual que en un buen lugar en México.

El resentimiento de algunos argentinos hacia los ingleses tiene raíces históricas y políticas, y hay tres razones principales: la guerra de las Malvinas (1982), un conflicto bélico entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas (Falkland Islands, en inglés), que duró diez semanas y culminó con la victoria británica, con más de 600 bajas argentinas y un sentimiento de pérdida y frustración en Argentina, que aún reclama la soberanía de las islas. Otra razón es el colonialismo y la dominación económica durante los siglos XIX y XX. Las viejas instalaciones de la terminal de trenes de la ciudad lo recuerdan cada vez que escuchan el silbato del tren. Esto lo confirmé en mi visita al Museo de la Ciudad, frente a la Casa Rosada, donde vive Milei, este anticomunista moderno, especie de cantante de rock new romantic, que me recuerda, sin querer queriendo, una canción de Charly García: “Peinados raros”.

“Y si vas a la derecha y cambiás hacia la izquierda, adelante / Es mejor que estarse quieto, es mejor que ser un vigilante / Si me gustan las canciones de amor y me gustan esos raros peinados nuevos / Ya no quiero criticar, solo quiero ser un enfermero.”

Por cierto, la cola más larga para ingresar de manera gratuita en esta Noche de los Museos daba toda la vuelta a la emblemática Plaza: era la fila para entrar a la Casa Rosada.

De ahí, a cenar. Los argentinos comiendo carne, bebiendo vinos, conversando, gritando. Un mesero uruguayo, fanático de Molotov, nos hizo la noche: nos regaló empanadas de carne y hasta me festejó un supuesto cumpleaños, como pretexto para llevarme una torta gratuita y que todo el salón cantara el “cumpleaños feliz” al grito inicial de “¡Viva México, cabrones!”

Todo porque el mexicano, después de escuchar su gusto por el ruido sabroso de Molotov, le agregó una dosis cultural más para documentar su acervo musical.

Pero en tu país tenés una banda extraordinaria que se parece mucho a Molotov. Incluso utilizan mucho el caló y albur mexicano en sus temas. No recuerdo cómo se llaman. Creo que vivieron en Los Ángeles pero son del “paicito”.

¡Ya! Sí, se llama El Peyote Asesino, responde certero.

Yeeees… ¿Y sabes por qué se llaman asi? , insisto.
Es una planta como la marihuana? dijo el charrúa.
Sí y no, afirmé . Es el personaje de una tira cómica hecha por los creadores del Galimatías (revista anarquista tapatía): Jis, Trino y Falcón.
Y así terminó la noche, en la madrugada, en El Desnivel, a unos metros del Paseo de la Historieta en San Telmo.

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