Por: Misael Habana de los Santos

Dejen de volar y volvamos a lo terrenal. A lo que pasa abajo, entre la gente, fuera del discurso rancio de la clase política —que, como decía Foucault, hasta cuando parece que no, todo es política, todo es poder.

El tema: las culturas de los pueblos originarios. Sus costumbres, sus formas de organización, su vida. Porque sí, hay comunidades que todavía nombran autoridades por usos y costumbres, como la CRAC —la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias—, que no nació ayer ni en una oficina de gobierno. Se la ganaron en la sierra, a fuerza de asamblea, machete y dignidad. En Oaxaca ocurre también lo mismo; por ejemplo, lograron que se les reconociera como autoridad legítima.

En esos pueblos hay política, sí. Pero otra. Más vieja y más seria que la de los partidos. Nombran síndicos, hacen acuerdos entre comunidades, y la ley no siempre es la del Congreso. Es la del consenso. Y también hay cultura, honda, como sus montañas: su forma de nacer, de vivir, de morir. Así nomás.

Ahora, nos escandalizamos porque en Tlacoachistlahuaca —Tlacuache, como le dicen de cariño—, unos niños fueron “casados” en una ceremonia pública. ¿Cómo es posible?, dicen los indignados de las redes, los paladines del TikTok, los que nunca han puesto un pie en la Costa Chica.

Pero no es nuevo, ni único. En culturas como la judía, por ejemplo, también existen los matrimonios arreglados desde la infancia. Nadie se desmaya. Aquí, en cambio, armamos el alboroto nacional. Que si es delito, que si hay que meterlos cinco años a la cárcel, que si hay que aplicar todo el peso de la ley… ¿la ley de quién? ¿Hecha por quién? ¿Para quién?

Porque lo que estamos haciendo es calzar una bota del centro en un pie indígena. Y claro que no entra. Ni entra ni debe entrar. Es una ley que no reconoce contexto, que desconoce cultura, que impone desde arriba lo que abajo ni entienden ni comparten.

Yo no defiendo que se obligue a nadie a nada. Pero tampoco defiendo el linchamiento digital desde la moral urbana, mestiza, cristiana y bienpensante. ¿O qué? ¿Aquí no hay menores abusados? ¿Aquí no hay curas protegidos por la impunidad? Díganme cuántos sacerdotes están presos por pedofilia. ¿No saben? Yo tampoco. Porque no hay.

Entonces, calma. Prudencia. Esto no se resuelve con cárcel ni con nota roja. Se resuelve con diálogo, con entendimiento, con respeto. Y, sobre todo, con conciencia de que este país no es homogéneo, ni cultural ni legalmente. Que México no se acaba en el Periférico.

Llamo, pues, a la reflexión. A ver más allá del escándalo fácil. A reconocer que vivimos en un país multicultural, con realidades distintas, con dolores distintos, con formas de vida que no caben en el reglamento municipal.

Ahora bien, me reporta mi colega Celeste Hernández —estrella de este modesto programa— que el Ayuntamiento de Tlacuache ya se deslindó. Que no fue matrimonio civil, sino una ceremonia religiosa, simbólica. Ya ve usted, de esas donde hay padrinos de todo: de pastel, de develación, de fotografía… y sí, también de billetes.

Porque apareció una imagen inquietante: los niños, los novios, cubiertos de dinero. Como santos de pueblo en procesión, llenos de billetes de 20, de 50, de 100. Y uno, malicioso, hasta piensa: “¿Y quién no querría casarse así, envuelto en lana, sin tener que ir al Registro Civil?”

Pero ya. Dejemos la moral para los domingos y la reflexión para después de la sobremesa. Este país necesita menos escándalo y más entendimiento. Y, sobre todo, respeto. A los otros, a los diferentes, a los que viven y aman de otro modo. Que también son México. Y también tienen derecho.

¿A ver qué hacen y dicen nuestros progresistas diputados de “izquierda”, gracias a Dios

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