Por: Misael Habana de los Santos

¿Quién era Pepe Mujica?
Pepe Mujica se volvió Símbolo y santo. Un santo de las izquierdas, de los idealistas, de los utópicos que aún creen —a pesar de todo— que en América Latina se puede construir algo distinto a lo que tenemos: un gobierno mejor, pensado con el corazón, que resuelva los problemas de todos y nos permita vivir, aunque sea tantito, en una utopía.

Pepe era eso. Después de haber sido guerrillero, de tomar las armas para combatir la dictadura militar en su país, se convirtió en un santón laico. Estuvo casi diez años preso, en condiciones brutales. Y salió de ahí con un pensamiento humanista, lleno de compasión. Un socialista utópico, de esos que ya casi no se ven. Y el mundo lo abrazó como a un ícono: de la justicia, de la libertad, del sueño. Un soñador para todos los soñadores. Para esa gente que todavía cree, en medio de este mundo neoliberal, que las cosas pueden cambiar.

No fue un santo de los que se quedan rezando. Pepe fue de los que se ensucian las manos. Militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, un grupo guerrillero uruguayo inspirado en la revolución cubana y en las luchas populares de América Latina. Sus acciones armadas —robos a bancos, secuestros políticos, tomas de edificios— sacudieron a un país que también se debatía entre la democracia formal y el autoritarismo creciente. Los tupamaros, como los Montoneros en Argentina, intentaban torcer el destino de sus pueblos a punta de ideales. Y a punta de fuego. En esa guerra desigual, muchos cayeron. Mujica fue herido en varias ocasiones y finalmente capturado.

Durante su encierro, pasó largos años incomunicado, encerrado en calabozos húmedos, sin libros, sin sol. Aislado. Cuentan que hablaba con las ranas, que memorizaba poemas para no volverse loco. Y que ahí, en ese infierno, se le ablandó el alma. Que ahí encontró una manera distinta de hacer política: sin odio, sin venganza, con humildad.

Después vino la democracia, y él no se quedó al margen. Fue diputado, luego senador. Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. Y finalmente, presidente del Uruguay, del 2010 al 2015. Gobernó como vivía: sin lujos, sin poses. Donaba casi todo su sueldo. Vivía en su chacra con su compañera, la senadora Lucía Topolansky. Tenía un perro de tres patas y un escarabajo azul. Y gobernó con sentido común, con decencia, con esa filosofía sencilla que le venía del campo y de la cárcel: “El poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son”.

Hace seis meses decidí ir a buscarlo. A ver si era cierto. A ver si lo podía tocar, o al menos respirar el mismo aire. A ver si era real eso que había conocido en entrevistas, en documentales, en libros, en sus frases sabias y sencillas. Me emprendí el viaje al Uruguay.

Renté una camioneta en el centro de Montevideo. Manejé como treinta minutos hasta llegar a un lugar que me sonaba mítico: Rincón del Cerro.

Se llama así la región, aunque en realidad Uruguay es una gran planicie. Allá no hay cerros, o muy pocos, pero este rincón tiene el único que más o menos se levanta del horizonte. Todo lo demás es plano, muy plano. Llegué preguntando. El señor del GPS —ese oráculo moderno— me iba guiando, pero llegó un momento en que se perdió. Entonces opté por la vieja confiable: preguntarle a la gente.

Me topé con dos hombres sencillos, del campo. Parecían chacareros, como les dicen allá. Gente de manos rudas, mirada amable. Rincón del Cerro es una zona de chacras: pequeños ranchitos, casas modernas unas, otras con ganado, con cultivos de trigo, con flores.

Ya cansado de andar para arriba y para abajo, les pregunté:
—¿Dónde vive Pepe Mujica?
—¿Pepe? ¿El Pepe? —me respondieron con ese acento suave, cantadito, de los uruguayos.
—Sí, Pepe Mujica.
—¡Ah, el Pepe! —me dijeron—. Regrese por allá, y antes de la curva mire bien, que por ahí está.

Y así fue. Llegué. Estaba su casa modesta, cubierta de árboles. Unos arbolitos apenas, pero bastaban para darle sombra a su famoso Volkswagen escarabajo y a un tractor viejo, de esos que él mismo manejaba cuando todavía estaba entero.

Pero no pude verlo. Me dijeron que estaba muy grave. Que un día antes había tomado un cóctel fuerte de medicamentos contra el cáncer de estómago, y que estaba… “debastado”, así me lo dijeron, con “b”. Entendí lo que querían decir. Más que sentirme bien, sentí un nudo en la garganta.

Entonces me llevaron a una escuela que está justo enfrente. Un terreno que él donó para una secundaria técnica agropecuaria, donde estudian niños y jóvenes de toda la región. Ahí comen sus tres alimentos al día. Ahí aprenden del campo y de la vida.

Subí con ellos. Me hablaron de Pepe. De cómo los visitaba seguido. De cómo salía en su motito, saludando, platicando. Era querido en todo Uruguay, pero ahí lo sentían suyo, como un abuelo de todos.

Dejé un mensaje en el mural de visitantes. Vi mensajes en japonés, en árabe, en francés, en inglés, en coreano. Y entre todos, uno de unos mexicanos:
“Venimos desde México en bicicleta a conocerte, Pepe”.

Ahí supe que había hecho mi peregrinación.
Así como muchos van a la Meca, otros al Tepeyac o a Juquila, yo fui al Rincón del Cerro. Fui a ver a mi santo: José “Pepe” Mujica.
Que Dios lo tenga en su cielo, si es que cree en él.
Y que en esta tierra material todavía haya más Pepes, porque nos hacen falta.

Hasta aquí el historial. Me conmueve —y mucho— la ausencia de gente así.

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