Una oposición de izquierda que aún no se atreve a decir su nombre comienza a moverse en Guerrero, donde el cacicazgo político —ese que viene desde tiempos inmemoriales , pasa por el PRI, el PRD y se devora a Morena— sobrevive en su versión más rústica y tropical: entre el folclor, el motociclismo, la moda playera, el espectáculo tipo TVyNovelas, el culto a la selfie con recursos públicos y todo aquello que los morenistas, en teoría, tienen prohibido hasta mirar. Pero ya lo dice el dicho: lo que no se quiere en casa, termina durmiendo en el sofá.

El sábado, un grupo de ciudadanos —muy ciudadanos y muy universitarios— destapó al exgobernador Rogelio Ortega como aspirante de Morena al gobierno del estado. Se reunieron bajo el sol guerrerense para anunciar lo que hasta hace poco parecía herejía: que la competencia interna es posible, que no todo es Salgado y sus derivados. Morena nacional abrió una ventanita para ventilar la casa: aplicarán las nuevas reglas éticas aprobadas por el Congreso —no nepotismo, no reelección— y eso bastó para que más de uno sacara el cuello del caparazón.

Y como el miedo ya no es obligatorio, varios alzaron la mano. Desde Jacinto González Varona, el dirigente estatal al que el felixismo intentó defenestrar con maniobras de congreso exprés, hasta Iván Hernández, delegado de Bienestar que juega en modo bajo perfil, pero con aspiraciones tan visibles como su cargo.

Hoy hay casi una decena de aspirantes; en marzo no había más de dos o tres que se atrevieran a mirar de frente al muro sin bigote que representa el padre de la gobernadora. El miedo se fue desinflando como globo de feria un lunes por la mañana.

Y mientras eso pasa, otro grupo se activó este domingo, con respaldo del centro del país y bajo el liderazgo de Alfonso Ramírez Cuéllar —el soldado que Sheinbaum mandó al Congreso a cuidar su obra—. Con el pretexto de promover la votación para jueces y magistrados, organizaron un acto con toda la coreografía clásica: sillas, banderas, gritos de “¡sí se puede!” y caras conocidas. Mientras tanto, el senador Salgado rodaba en bici de Chilpancingo a Puerto Marqués, como si Guerrero se gobernara a pedales.

Al lado de Ramírez Cuéllar estuvo la senadora Beatriz Mojica, quien le pone cara a la competencia por la gubernatura, y el diputado Javier Taja, que ya se ve en la alcaldía de Acapulco. Los dos con ese tono de “yo si quiero, y si me insisten…”

También se sentaron en el presidium Mariana Guillén, sobrina del exgobernador Ángel Aguirre; Ángel Mejía, sin relumbrón familiar pero con hambre política; y Misael Medrano Baza, aquel perredista que alguna vez fue uña y carne con Félix Salgado y hoy lo enfrenta como si nunca se hubieran tomado un mezcal juntos.

Y ahí estaba también Alberto López Rosas, exdiputado, exalcalde, y eterno aspirante . Al no ser mencionado por el maestro de ceremonias, se levantó, improvisó discurso, pidió atención y, con palabras sobrias, les recordó que la historia de la izquierda en Guerrero no empieza con Félix.

Pero el que robó cámara fue Mario Moreno, excandidato del PRI a la gubernatura, que perdió por un pelo con Evelyn Salgado. Se apareció con lenguaje guinda, pidió 360 mil votos para “la transformación del Poder Judicial” y se fue. Pero dejó el mensaje entre líneas: él solito sacó 500 mil votos en la elección pasada. No lo dijo, claro, porque la cortesía política manda, pero su sonrisa lo gritaba. Sus nuevos aliados lo saben. Y Félix también.

—¿Qué son 360 mil votos? —se preguntó con ironía. Y sí, tiene razón: ni para la alcaldía de Acapulco alcanza.

Unas 500 personas escucharon el acto, aplaudieron, ondearon banderines, se tomaron selfies y se fueron con la convicción de que ahora sí la justicia vendrá de la mano de Morena… o de alguno de sus primos.

Entre globos y porras, los cánticos dejaban claro a qué grupo pertenecía cada quien. Porque en Morena, como en todo grupo religioso, también hay castas: los apocalípticos, que creen que sin ellos se acaba el país; y los integrados, que aprendieron a vivir del sistema y aplaudirle mientras se lo comen.

Y mientras unos promueven la revolución judicial como si vendieran Herbalife en convención de hotel, otros siguen en la calle, bicicleteando, acariciando perritos y colgando lonas de “¡Hay toro!”, a lo que sus detractores ya le agregaron la palabra “No”.

Guerrero, fiel a su tragicómica naturaleza política, vive otra parodia de renovación, donde todos los rostros son conocidos y todos los discursos huelen a recalentado.
El viejo régimen no está muerto. Solo cambió de camiseta.

Por: Misael Habana de los Santos

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