por: Misael Habana de los Santos
Antes de entrar en materia, quiero felicitar a la presidenta municipal, Abelina López Rodríguez, quien recientemente participó en un foro sobre cambio climático en Chile, en la parte austral de América Latina. Un país que ha aprendido a lidiar con su geografía accidentada, con su territorio que comienza en las alturas de Bolivia y Perú y se extiende hasta los confines del continente, donde la tierra se funde con el hielo en la Tierra del Fuego. Chile ha padecido, ha sufrido y, al mismo tiempo, ha trabajado el tema ambiental con una seriedad que aquí, en Acapulco, apenas comenzamos a considerar.
Un país de extremos, con volcanes que rugen bajo la piel de sus bosques y lagos, con ríos que cruzan sus valles y una industria forestal que, durante años, creyó haber hallado el oro verde en los eucaliptos. Reforestaron con ellos, y después descubrieron que fue un error. No todo lo verde es vida, no todo lo sembrado es futuro.
Y hablando de futuro, vuelvo a Acapulco y a la experiencia que dejó el huracán. La presidenta enfrentó el fenómeno desde su epicentro, en el Palacio Municipal, que quedó hecho escombros. Desde ahí salió, a pie, en plena madrugada, abriéndose paso entre árboles caídos y escombros que cubrían la Costera Miguel Alemán. Dicen que salió a medianoche y llegó a la Base Naval entre las cuatro y cinco de la mañana, en un trayecto que pocos, de los que hoy critican, habrían resistido. No durmió aquella noche, y probablemente muchas más después de esa.
El huracán no solo nos desnudó físicamente, también dejó al descubierto nuestras miserias. Nos mostró la pobreza que hemos normalizado, la corrupción que hemos tolerado y esa conducta aberrante que nos lleva del miedo al saqueo en cuestión de horas. Nos reveló que Acapulco no es solo postales de atardeceres y hoteles de lujo; también es calles deshechas, barrios olvidados y una bahía contaminada que nadie quiso ver hasta que el desastre nos obligó.
Hoy, las obras en la Costera duelen. Duelen porque son lentas, porque han trastocado la vida diaria, porque la gente duda, y con razón. Pero duele más la indiferencia de quienes critican sin reconocer que algo, por primera vez en décadas, se está haciendo. Políticos como Ramiro Solorio, que han mamado del erario por años, hoy se rasgan las vestiduras, pero no aportan soluciones. La Costera se está abriendo, sí, y en el proceso nos estamos enfrentando a viejas heridas: la apropiación ilegal de playas por parte de hoteleros y restauranteros, la privatización de lo que, por derecho, es de todos.
La playa es libre. No es de nadie y es de todos. Fonatur lo ha entendido y está limpiando la zona de esas barreras invisibles que por años nos han dicho que no podemos cruzar. Cada quien con su sombrilla y su silla, y cuando se va, deja la arena como la encontró. Así debería ser, pero en Acapulco la costumbre es creer que lo privado manda sobre lo público.
En un foro de urbanismo, una mujer llamada Sidney –estadounidense, con 50 años aquí y aún con acento de gringa– habló de la Isla Roqueta. Concesionada hace décadas, entregada en tiempos del PRI a unos cuantos privilegiados. Esas concesiones deben terminar. Ningún país digno puede permitirse islas privadas.
Es hora de reflexionar. No solo los políticos, también los ciudadanos. Acapulco no se va a reconstruir solo. Aquí nacimos algunos, aquí decidieron vivir otros, pero todos, si pagamos impuestos, si respiramos este aire y pisamos estas calles, tenemos la responsabilidad de hacer algo.
Hemos tolerado demasiado. Hemos permitido que nos gobiernen ladrones, que el mar se contamine, que la ciudad se pudra en su propia historia. Y mientras tanto, seguimos aplaudiendo a los mismos de siempre, a los que nos han robado una y otra vez. Perdonamos, como nos enseñaron, siete veces siete. Pero en Acapulco hemos perdonado demasiado.
