Por: Misael Habana de los Santos

Hoy en la mañanera me pasó algo raro: se me enchinó la piel. Y no por algún discurso encendido o por la ocurrencia de un político en modo stand-up, sino por la presentación de un proyecto que huele —por fin— a desarrollo nacional y no a maquila mental para los vecinos del norte.

Un grupo de empresarios mexicanos, de esos que uno clasificaría como nacionalistas (y no como importadores de pretextos), se presentó junto con instituciones educativas serias: la UNAM, el Politécnico y el Tecnológico de México, que en ciudades como Puebla todavía cargan respeto. Entre todos anunciaron el nacimiento de un auto mexicano llamado Olinia —palabra en náhuatl que, dicen, evoca movimiento y libertad—, un vehículo eléctrico de bajo costo, enchufable, seguro, hecho con componentes mayoritariamente mexicanos y pensado para el bolsillo y las necesidades de la mayoría.

El proyecto Olinia no es un simple capricho tecnológico: está en los 100 compromisos que Claudia Sheinbaum presentó al asumir la presidencia. Lo impulsa la “4T” y lo respalda una alianza que va desde la Agencia Espacial Mexicana (AEM) hasta el Instituto Politécnico Nacional y la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT). Y no hablamos de un solo modelo, sino de tres: uno personal, uno comunitario y uno para logística de última milla. El primero saldrá en 2025 y se espera que su precio arranque en unos 90 mil pesos, menos de lo que cuestan algunas motos que circulan hoy por nuestras calles.

Lo emocionante es que, mientras la gran oligarquía local sigue obsesionada con pedir invasiones disfrazadas de “cooperación tecnológica” y en denostar al gobierno como si eso fuera política industrial, hay mexicanos que decidieron producir, gestionar, innovar… y hacerlo con sello propio. Como lo hizo China, la India, Rusia o Alemania: partiendo de su historia y su cultura, no de manuales ajenos.

Este coche no está pensado para la élite que colecciona camionetas 4×4 “mamalonas” ni para el junior que mide su autoestima por el tamaño de sus rines cromados. Está pensado para el mexicano común: seguro, barato, práctico. Un vehículo que puede llevar a los niños a la escuela, servir para repartir pan o cargar huacales de mango, sin hipotecar la quincena.

En un país condenado por geografía a estar “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos” —como decía don Porfirio—, nos han cortado más de una vez las alas para crecer con industria propia. Hoy, ver a empresarios y universidades trabajando juntos, sin pedir limosna al erario, involucrados en la investigación y en la producción real, es para ponerse de pie.

Este es el México que necesitamos: no el de los traidores en redes que lloran porque se les acabó el presupuesto público, ni el de las rémoras dentro de Morena que quieren seguir heredando cargos como si fueran solares familiares. Necesitamos un gobierno y una sociedad que apuesten por proyectos como éste, que nos devuelvan la esperanza de que también podemos ser productores, no solo consumidores.

Porque si Olinia, la liebre eléctrica mexicana, logra ponerse en la pista, quizá todavía estemos a tiempo de ganarle la carrera al tiempo.

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