Por: Misael Habana de los Santos
Me encuentro varado en Oaxaca, en un bloqueo que es más que un simple cierre de carretera: es una radiografía de un estado que vive del campo pero que gobierna desde el escenario de la Guelaguetza. Aquí, en la Costa Chica, conviven tres sangres que son historia viva: la negra, la india y la mestiza. Y conviven también tres sentimientos: rabia, cansancio y hartazgo.
La protesta es encabezada por productores de papaya de comunidades afrodescendientes y mestizas que rodean Pinotepa Nacional, un municipio que, además de ser centro comercial de la región, es corazón de una red de pueblos que viven —literalmente— del dulce y la pulpa de esa fruta. No es una exageración: Oaxaca fue, hasta hace unos años, el primer productor nacional de papaya; hoy ha caído del podio por falta de inversión y políticas públicas, empujado hacia la orilla por la indiferencia de sus propios gobiernos.
El huracán Erick —bautizado así por los meteorólogos pero maldecido por los campesinos— arrasó con cientos de hectáreas en plena producción. No solo papaya: maíz, ajonjolí, frutales y hasta la ganadería quedaron golpeados. La Secretaría de Agricultura estatal calculó de forma extraoficial más de 1,200 hectáreas afectadas en toda la franja costera, pero en los pueblos dicen que la cifra real es mayor y que las pérdidas superan fácilmente los 500 millones de pesos.
El plantón lleva tres días: empezó antier, siguió ayer y hoy la rabia está más madura que cualquier papaya en cosecha. Tres puntos están bloqueados: la entrada de Pinotepa desde Acapulco, la salida hacia Puerto Escondido y el camino que lleva a las comunidades afrodescendientes más productivas. La carretera federal 200, esa vena que une Acapulco, Zihuatanejo y Huatulco, está interrumpida como si alguien hubiera hecho un torniquete a la economía regional.
El gobernador Salomón Jara ha enviado emisarios con más soberbia que soluciones, incluso citando a los productores hasta Puerto Escondido, a más de 100 kilómetros, como si el problema fuera de distancia y no de voluntad política. La gente no lo olvida: dos años de gobierno marcados —según repiten en voz baja y en voz alta— por nepotismo, corrupción y ausencia. Y la frase que más escucho en boca de campesinos curtidos por el sol: “La primavera no ha llegado”. Ironía cruel para quien hizo de “La primavera llegó a Oaxaca” su lema oficial.
Lo que está en juego no es solo una fruta. La papaya aquí es columna vertebral de la economía: genera jornales, mueve mercados, paga estudios, mantiene familias. Cada hectárea perdida no son solo plantas muertas, sino pueblos enteros con el estómago vacío. Pero en el palacio de gobierno parece importar más la foto en traje de manta que los pies embarrados en el surco.
Mientras tanto, el bloqueo sigue y seguirá. Y no solo detiene carros: detiene la paciencia de una región que, cuando se cansa, sabe cerrar el paso al país entero.
