Por: Misael Habana de los Santos.
Y bueno, pues sí hay temas, muchos. Y no menores. Ahorita, por ejemplo, se soltó un viento fuerte en Acapulco. Y ya sabe usted: viento en este puerto ya no es brisa, es trauma. Nos eriza la piel, nos hace mirar el cielo con recelo y preguntar: ¿ahora qué? Porque desde Otis, escuchar silbar al aire se volvió un recordatorio de lo frágil que es todo. De que seguimos aquí, sí, pero medio rotos por dentro. Es natural. Somos humanos y la herida climática sigue abierta.
Por eso, lo mínimo que podríamos hacer —y no solo cuando se asoman las lluvias— es cuidar nuestro entorno. No tirar basura, por ejemplo. Y, ya encarrerados, separar los desechos. No porque lo diga la presidenta municipal (que ni lo dice), sino porque es lo que toca hacer si queremos seguir respirando en este horno llamado planeta Tierra.
En Alemania separan hasta seis tipos de residuos. Hay bolsas para todo: vidrio, plástico, papel, lata, restos orgánicos y lo que no entra en ningún cajón. Y hasta hay quien te devuelve un peso si llevas la botella de chela de regreso. Una didáctica ambiental que aquí nos da flojera, pero allá se volvió cultura. ¿Por qué no exigirle algo así a las empresas? Que te regresen cinco pesitos por la lata vacía. Que el reciclaje sea un negocio justo, no una carga ciudadana.
Pero bueno, son ideas. Que tal vez ayuden a que no sigamos matando los árboles, ni secando los cerros, ni dejando que el viento nos tumbe de un soplido. Yo vivía rodeado de árboles. Ahora, con cualquier vientecito de diez kilómetros por hora, la casa cruje y el alma también. Imagínese si se asoma otro huracán…
No todo es culpa del gobierno. Uno también tiene que ponerle tantito de su parte. No vamos solos. Esta nave se llama Tierra, pero también se llama Acapulco, y si se hunde, nos vamos todos. Así que sí: cuide el agua, plante un árbol, y prepárese por si este fin de semana se mojan las banquetas y los sueños.
Pero mire, cambiando de tema. Hoy estábamos en la redacción hablando de Carlos Monsiváis. Ya pasaron quince años de su muerte. Quince. Y parece que fue ayer cuando lo veíamos en la tele —esa tele que tanto despreciaban los puristas del medio cultural— opinando con cara seria y verbo afilado en los noticiarios de gran rating.
Carlos fue el primer intelectual pop. El que llevó la cultura popular a los foros de la televisión y no se disculpó por ello. Mientras otros seguían escribiendo desde las cúpulas del refinamiento, él se metía a las cantinas, a los conciertos, a los callejones del D.F., a los desfiles del orgullo gay y a las casas donde Juan Gabriel era más respetado que Octavio Paz.
Monsiváis fue cronista de los desprotegidos. De los nadie. De los que no cabían en los discursos oficiales ni en los suplementos literarios. Nos explicó la ciudad desde sus excesos, sus amores furtivos, sus marchas, sus dramas, sus travestis, sus libros, sus discos y sus perros. Días de guardar, Amor perdido, Los rituales del caos, Entrada libre, Escenas de pudor y liviandad, Apocalipstick… Cada uno de sus títulos parece un mural de lo que somos.
A mí me unió con él una amistad honda. Cuando venía a Acapulco, yo era su báculo. Su guía. Su chofer tropical. Nos metíamos a los antros de mala muerte de la Malpazo, donde todavía existían discotecas como El Taxi o El Arcelia. Nos movíamos en un Safari —sí, un Jeep Safari de los noventa— y alguien me dijo hace poco: “¿Por qué nunca tomaste una foto de Monsiváis montado en el Safari por Acapulco?”. Y sí, carajo, hubiera sido una gran postal: Monsiváis en Safari. Crónicas de la Costa Brava.
Carlos estudió aquí, ¿sabe usted? Quinto año de primaria en la Ignacio Manuel Altamirano, porque su padre era telegrafista y lo mandaron un año a Acapulco.
Me contaba anécdotas de la escuela, y más tarde, de su paso por el puerto: del bar El Pez que Fuma, la discoteca Sans Soucci allá por playa La Angosta, de los personajes entrañables de aquella Acapulco tropical y desvelada; de las calles polvosas, de las cantinas con sillas chuecas, de los cabarets donde se oía más bolero que reguetón, más danzón que electrónica, más cumbia que silencio.
Él conoció al Acapulco que se nos fue. Y si hubiera alcanzado a ver a Tico Mendoza, sin duda le habría dedicado una crónica, un ensayo, una teoría. Porque Tico también hablaba desde la entraña del pueblo, como Monsiváis, con humor, con ironía, con dolor.
Así que hoy, quince años después de su partida, lo mínimo que podemos hacer es releerlo. Recomendárselo a los que no lo conocen. Y, por qué no, escribir alguna vez Carlos Monsiváis en Acapulco, como se merece. Porque aunque ya no está, nos dejó la lengua. Y con eso basta para seguir dándole cuerda al corazón.
