Estaba viendo un canal que les recomiendo con toda seriedad: La Base. Se transmite de lunes a jueves a las seis de la tarde por internet. Es un colectivo de periodistas independientes —de esos que ya escasean— que hacen análisis de alto nivel sobre lo que ocurre en México y América Latina.
Se los garantizo: es información sin maquillaje, sin sesgo, sin la cuchara ideológica de las grandes trasnacionales informativas. Nada de que los medios son neutros: ese cuento ya no lo cree ni el que lo inventó. Los medios responden a intereses. A proyectos políticos. A dueños con nombre y apellido. La opinión pública, en realidad, siempre ha sido la opinión privada de unos cuantos.
La Base desnuda ese teatro. Y desde esa mirada, decidí observar lo que está ocurriendo en nuestro terruño tropical: el pleito —que ya raya en vendetta— entre el Ayuntamiento de Acapulco y, sin decirlo abiertamente, el gobierno del estado… o al menos su brazo auditor.
En días recientes hemos visto una guerra feroz: caricaturas, memes, columnas anónimas, filtraciones “selectas”, todas dirigidas contra la presidenta municipal de Acapulco. Pero ni un raspón para la Auditoría del Estado. Ni una línea crítica para Ramiro Solorio, ese político reciclado que hoy funge como punta de lanza en esta cruzada.
Hoy, el diario El Sur —medio que respeto, que ayudé a fundar y donde trabajé durante años— publica una nota basada en una filtración del Congreso local. Filtración que, por cierto, recibió un reportero de la casa, José Miguel Sánchez, también excompañero nuestro. En esa nota se detallan las acciones que se seguirán contra la alcaldesa, derivadas de una denuncia presentada por Solorio. Es decir, el Congreso ya tiene hoja de ruta… y guion.
A Ramiro hay que reconocerle ciertas luchas, como su defensa contra la privatización de las playas —en eso coincidimos—, pero también hay que decirlo con todas sus letras: es un profesional de la política. Un vividor. Un aspirante eterno que hoy apuesta a que su partido de papel le regale una regiduría, una nómina, un micrófono. Lo que sea… menos el anonimato.
Me di a la tarea de preguntar a quienes conocen el teje y maneje parlamentario: ¿cuándo fue la última vez que el Congreso aceptó la denuncia de un ciudadano para iniciar un juicio político contra un alcalde? Nadie se acordó. Algunos me remitieron a los tiempos de Caballero Aburto. Es decir, hace más de dos décadas.
Y aquí lo grave no es que un ciudadano denuncie. Lo grave es que el Congreso lo acepte sin sustento, sin pruebas, sin más argumento que una firma y un discurso.
Un diputado —cuya identidad resguardo porque me lo dijo off the record— me comentaba: “En la denuncia se habla de viajes al extranjero sin permiso del Cabildo, pero no se dice en qué fechas, ni se aportan pruebas, ni siquiera un boleto de avión. Nada”. También acusan de mal gobierno… ¿y eso cómo se mide?, ¿con encuestas de Facebook?
Pero el Congreso corrió. Le dio fast track. Sin análisis. Sin debate. Sin rigor. ¿Por qué tanta prisa?
Hoy vemos una estrategia paralela: por un lado, la vía jurídica, que debiera apegarse a la legalidad. Por el otro, la línea política: ese hilo invisible —pero evidente— que mueve los tiempos, los votos y los intereses.
La Auditoría Estatal fue evidenciada por la ASF. Y ahora, como fiera herida, muerde donde puede. El auditor está molesto. Se nota. Busca venganza. Y la busca con saña.
Me dicen que en estos días se están revisando las firmas que acompañan la denuncia de juicio político. Que se analiza su autenticidad con un perito en grafoscopía. Que esta misma tarde se entregarían pruebas. El proceso sigue. Y como medio, estaremos atentos. Porque informar no es hacer guerra sucia. Es cumplir con la responsabilidad de contar lo que pasa… sin disfraz.
Y ojalá que, en medio de tanta sombra, prevalezca la verdad. Y la prudencia.
Así que, mientras tanto, no pierdan de vista La Base. Búsquenla. Escúchenla. Aprendan a mirar desde otro ángulo el papel de los medios de comunicación. Sobre todo en coyunturas tan sucias como la que vivimos, donde se usa dinero público para difamar, dañar, ensuciar y enlodar.
Como dice el presidente López Obrador: “Enloda, que algo deja”. Aunque sea el tufo.
Por: Misael Habana de los Santos
