El fin de semana fue, sin duda, un torbellino. No solo localmente, sino también a nivel nacional e internacional. Empecemos de lo pequeño a lo colosal.
Aquí en Acapulco, como ya lo sabe todo Guerrero —y también gran parte del país—, murió una de las figuras más queridas de nuestra cultura popular: Tico Mendoza, el cómico, el cronista del pueblo, el hombre que hizo de la Costa Chica una tragicomedia contada entre versos y carcajadas. Falleció en Acapulco y fue despedido en su comunidad, allá en El Pitayo, por Cuajinicuilapa… lugares que ahora resuenan con el eco de su risa y su memoria.
Lo que ocurrió fue un fenómeno popular pocas veces visto. Un duelo colectivo, espontáneo, como los que se reservan para las grandes estrellas nacionales. Pero esta vez fue local, y más sincero. Un fenómeno de amor, de respeto, de agradecimiento a un hombre que, desde la comedia, nos contó quiénes somos. A su familia, a sus amigos, y a toda la gente que lo quiso: un abrazo fuerte. Gracias, Tico.
Nos movemos ahora al plano nacional. El Zócalo amaneció despejado. Solo algunas carpas blancas comienzan a levantarse, preparándose para los martes de la gobernadora Clara Brugada. El espacio vacío dejó, sin embargo, una lección pendiente: la que nos deja el paso del movimiento de la Coordinadora.
Y aquí quiero detenerme. Porque este tipo de protestas, cuando terminan, dejan más que consignas: dejan muros pintados, puertas quemadas, edificios destruidos. Todo eso se construyó con dinero público —ese que en lugares como Guerrero ya de por sí escasea, porque se lo malversan con una facilidad que da vergüenza.
Luego, cuando pasa el vendaval, vienen las reconstrucciones. Y con ellas, nuevos contratos, nuevas licitaciones, nuevos pretextos para seguir saqueando. Y el pueblo, ese mismo que marchó, vuelve a pagar.
Por eso insisto: protestar sí, pero con responsabilidad. Como antes. Como cuando el magisterio, con el profesor Salazar, protestaba desde el aula y desde la calle, pero sin destruir. Hoy algunos —no todos— de la CETEG actúan encapuchados, como si luchar por la educación implicara esconderse de ella.
Y entonces, como dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, uno no puede evitar pensar que muchas de estas acciones no son protesta, sino provocación. Por eso lo mejor sigue siendo la manifestación cara a cara, pacífica, civil.
Esto nos lleva a otro frente de lucha: Los Ángeles, California. Allá también arde la inconformidad. Pero lo interesante es quiénes protestan: son los hijos de los mexicanos, ciudadanos estadounidenses con todos los derechos para exigir lo que aquí muchas veces se niega.
Sí, están molestos. Y sí, tienen razón. Lo que no deben hacer es caer en la trampa de la violencia. Porque si algo nos enseñó la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, encabezada por la comunidad afroamericana, es que se puede avanzar sin legitimar la represión.
El gobernador de California y la alcaldesa de Los Ángeles están haciendo lo correcto: defender a su gente. Y no es poca cosa: Los Ángeles es la ciudad con más mexicanos fuera de México, más incluso que muchas capitales estatales.
Así que ojalá esa protesta, esa voz joven y bicultural, crezca fuerte pero sin romper. Que no les arranquen la legitimidad con un piedrazo. Que no les apaguen la razón con un incendio.
Porque si algo está claro es que el gobierno de Trump está acorralado. Perdió apoyo, perdió narrativa. Y ahora reacciona con fuerza, con miedo, con rabia. No hay que darle excusas.
En resumen: en México, en Estados Unidos, en Acapulco… la lucha debe estar bien enfocada. Aquí toca seguir exigiendo auditorías reales, cuentas claras, un diálogo sensato —y sí, también una protesta firme, pero sin destrucción. Porque si nos peleamos entre nosotros, los de arriba solo aplauden desde sus balcones.
Por: Misael Habana de los Santos
