Ya es de conocimiento general en toda la entidad —y en redes sociales es tendencia— que Tico Mendoza se ha ido. Eso, más que noticia, es señal de que su figura trascendió los márgenes de su tierra: se volvió personaje de la cultura popular, casi un símbolo. Guerrero lo abrazó, Oaxaca lo celebró, y todos los que lo conocimos sabemos que, ante todo, fue un extraordinario ser humano.
Su partida duele más a quienes lo tratamos de cerca, lo contratamos, lo escuchamos, lo abrazamos. Pero si algo dejó Tico, más allá del relajo, fue una manera única de contar la vida. Su verdadero legado es su mirada: esa forma de narrar a los personajes de la Costa Chica como si fueran parte de una tragicomedia escrita en verso de pueblo.
La madre luchona, el hijo desobediente, la maestra cansada, el borracho alegre, el flojo profesional, la tamalera de cada esquina, el alma que se pierde en el trago… Todos esos rostros que él convertía en chiste, en personaje, ahora son parte del archivo emocional de una región entera.
Tico hablaba con una voz natural, sin poses, sin solemnidad. Como quien no se toma nada tan en serio, pero observa todo con ojo clínico y corazón abierto. Esa manera de mirar la vida —con humor, sin cinismo— es lo que hoy valoramos más que nunca.
Quizá entonces no lo entendíamos con tanta gravedad, pero ahora sí: Tico nos hizo conscientes y orgullosos de nuestra identidad. Nos hizo bailar con el pico, reír con el pico, llorar con el pico. Porque en sus palabras, en sus gestos y en su música, cabía la Costa entera.
Sin proponérselo, fue cronista de una época. Cada rutina suya era una crónica disfrazada de chiste, un archivo vivo de cómo hablamos, cómo comemos, cómo mentimos, cómo amamos en la Costa Chica. Donde muchos hacen parodia, él hacía testimonio.
En lo personal, lamento profundamente su partida. Siempre estuvo disponible para mí y para Al Tanto Guerrero. Cuando necesitábamos una entrevista, una colaboración, una palabra suya, bastaba una llamada. Y ahí estaba. Sin protocolo, sin pose, con toda la generosidad de su espíritu.
Una vez, en plena entrevista, Tico me soltó: “Misael, la Costa no necesita políticos, necesita más comediantes y menos enojones”. Y se echó a reír con esa carcajada suya que parecía retumbar en las paredes. Tenía razón: su oficio no era hacer reír, era aliviar.
En los últimos meses nos acercamos más. Me hizo su confidente y me demostró la confianza y el cariño que me tenía. Y siempre estuve para él, para escucharlo y juntos combatir los fantasmas de la fuerte depresión y ansiedad que aceleraron su camino hacia lo desconocido.
Me decía que confiaba en mí y hablamos mucho en los últimos meses más que en los más de 19 años que tenía de conocerlo. Hablamos de su enfermedad, hablamos de la amistad acompañada en el éxito y de la soledad en la enfermedad. Lo acompañé en silencio, lo escuché y cuando la prudencia lo recomendó hablé con mucho cariño y sensibilidad. Lo juro que nunca imaginé que se fuera a ir tan pronto . Incluso llegué a decirle “ya la hiciste . Ya estás del lado de la salud”. Nunca imaginé que ya se estaba preparando. Quizás él ya sabía lo que venía, y se despidió sin aspavientos. Con una tranquilidad que me conmovía.
Creo, firmemente, que el tiempo nos dará la razón: Tico Mendoza será estudiado y reconocido. Su obra —porque lo que hizo fue obra— será valorada por la antropología, por la sociología, por quienes quieran entender cómo se vive y se siente en la Costa Chica. Dejó un retrato fiel de una cultura que se nos escapa entre el TikTok y la prisa.
Y también, por justicia, por memoria, por amor, su legado merece ser preservado. Que alguna institución cultural se digne a archivar su material, a grabar su voz, a enseñarlo. Que su nombre figure donde debe: en el corazón y en la historia.
Descansa, Tico. Nos enseñaste a quererte mucho porque nos sanaste siempre con la risa. Y pues, así es esto: te adelantaste tantito. Y de repente, nos vemos del otro lado, con la vida, con la muerte, con Dios.
Para quienes deseen acompañarlo, Tico está siendo velado (o ya fue velado) en la funeraria Siglo XXI. Más tarde estará en su domicilio. Luego será llevado a Playa Ventura para ser velado durante la noche, y mañana —en hora que decidan sus familiares— será sepultado en El Pitayo, su pueblo natal, donde hace cincuenta y tantos años comenzó esta historia.
Que en paz descanse. Un abrazo para todos los que lo quisieron.
Por: Misael Habana de los Santos
