Por: Misael Habana de los Santos

El puerto es un hormiguero de turistas. Es de esos fines de semana en que los turisteros comen con manteca y las autoridades del ramo lo celebran con bombos y platillos.

La noche del viernes pasado, por primera vez, toca en Acapulco la súper banda de ska argentina Los Auténticos Decadentes. De Palermo para el mundo. Los espectadores casi llenan la butaquería baja del Foro Mundo Imperial, que estuvo de manteles largos si comparamos con la pobreza proteica de su menú musical recurrente.

¿Y por qué circuló la versión de que se cancelaría el evento? Que no se habían vendido los boletos, etcétera.
Los Auténticos casi llenan el coso: vacío en el área alta de plateas, semilleno en los palcos y con espectacular desinterés en el área de prensa —un desierto reservado para los escribanos timoratos que cubren los eventos del maestrean. Abajo, lo más parecido a una barra de fútbol descafeinada.

Y esta banda de música festiva y de humor irreverente mucho tiene que ver con las pasiones argentinas. No sé si en esa jerarquía, pero como el orden de los factores no altera el imaginario del Cono Sur, ahí va: fútbol, tango, rock o viceversa.

Todo esto quedó de manifiesto en el concierto acapulqueño: playeras de Boca Juniors y San Lorenzo de Almagro —equipos preferidos de algunos miembros de esta máquina de sonido global— y cánticos futboleros. Con temas como La Guitarra —guita, dinero en lunfardo— se respiró la cultura futbolera de sus seguidores. La rola fue cantada y bailada en los estrechos pasillos de la butaquería como lo hacen los pibes de las barriadas de Buenos Aires o de la CDMX que no tienen laburo.

¿Qué hacen estos músicos, miembros de una de las agrupaciones más populares en Argentina y América Latina, que pusieron a cantar y a bailar todos sus temas a casi tres mil personas, casi todos turistas?

Poné en una licuadora un poco de rock, una pizca de cumbia, ska al gusto, un leve toque de murga, un chorrito de ranchero picoso mexicano. Primero agitalo suave, luego poné la máquina en la última velocidad. Pará el motor y arrojá la mezcla a un comal caliente, donde centenas de turistas se retuercen en éxtasis como auténticos decadentes.

Estos sesentones —reunidos en tiempos de la Argentina campeona con la ayuda de la mano de Dios, de crisis y de reinicio democrático tras la dictadura militar— siguen siendo los mismos que se ríen de su estética y de lo que hacen.
Una banda tan decadente que niega el éxito, el glamour, en una actividad donde el maquillaje, el engaño y la solemnidad de las estrellas de rock sigue siendo patética.

Tan decadentes los Auténticos músicos que bien interpretan rolitas dulzonas de Palito Ortega, Leonardo Favio, Sandro, o cantan La Ladrona a dúo con el acaramelado Diego Verdaguer, robándole el corazón a un público duro que quiere cerveza, desmadre, mota, pero también amor a la usanza de las telenovelas.
Bueno, sin pena, en absoluta decadente admiración, también cantan el éxito disco de Miranda, Bailando, en una versión definitiva.

Tanta decadencia con metales, guitarras, bongós, percusiones, acordeón, teclados, guitarras eléctricas roqueras, buenas letras, crónicas de la vida barrial. Un hermoso desmadre en el Foro Mundo Imperial, que no debe descuidar a este target con lana y gusto musical diferente a los que gustan del narco-corrido.

Los Decadentes homenajearon a Los Tigres del Norte (Golpes en el Corazón), a dúo con Natalia Lafourcade; a Bronco (Oro); se hicieron acompañar virtualmente de Julieta Venegas (No me importa el dinero) y de Mon Laferte (Amor), sin dar preámbulo a la inmovilidad en un concierto que fue in crescendo hasta el encore.

Tres veces salieron al escenario los catorce músicos sesentones con energía juvenil. En una de ellas, para interpretar una de las rolas más conocidas en el negocio musical local.

Loco o Tu forma de ser enloqueció a la banda, integrada por jóvenes zocatos y maduros con hijos, cuando el concierto ya moría como un cisne, con el corazón roto por una mezcla de sentimientos: nostalgia, alegría de haber estado aquí, de haber estado allá —en los ochentas— y de continuar acá, en el rocanrol.

Como el jibarito costachiquense, loco de contento, salí del Foro Mundo Imperial como si lo hiciera del estadio La Bombonera, en La Boca, cantando la tonada de El Murguero:
“¡Qué calor, qué calor que tengo, si te viera el Diego, qué quilombo se armó!”

¿Y vaya? ¡Qué quilombo el de anoche!

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